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El Vaticano da un golpe de timón para despolitizar la Iglesia vasca

El nombramiento de Mario Iceta Gavicagogeascoa, natural de Gernika pero con una carrera eclesiástica alejada del País Vasco, ha provocado una profunda preocupación en los círculos de gobierno de la Iglesia de Euskadi, donde se interpreta como un «golpe de mano» del Vaticano en la remodelación de la cúpula episcopal, que modificará el estilo y el discurso eclesial. La promoción, hace ahora dos años, del donostiarra José Ignacio Munilla Aguirre, formado también al margen de los seminarios vascos, fue ya una señal del nuevo ciclo. «Vuelven los exiliados de la Iglesia vasca y lo hacen con galones», coinciden quienes ya hablan de que se avecina una etapa convulsa con repercusiones de calado, tanto de carácter ideológico como eclesiológico.


Todas las fuentes consultadas por este periódico coinciden en que se refuerza la ciaboga para «despolitizar» la Iglesia vasca, una operación que viene de atrás, con el 'tempo' y la 'finezza' de Roma, que no habla con palabras sino con gestos. Y el hecho de premiar con la mitra de obispo a sacerdotes 'outsiders', en detrimento de líderes del clero local, se califica de «auténtico sopapo» a los equipos apadrinados por Setién y Uriarte.

«Roma quiere cortar la línea de la Iglesia vasca porque no está conforme con tanto nacionalismo», concede un cura guipuzcoano. Este análisis es matizado, sin embargo, por un intelectual nacionalista muy pegado a la religión: «El Vaticano busca un reequilibrio en una sociedad muy secularizada y en la que a la Iglesia se la escucha más cuando habla de política que cuando habla de Dios. Europa se ha convertido en tierra de misión y el País Vasco, también. Significa menos política y más mensaje religioso».

En Cataluña ya se ha aplicado un esquema parecido para rebajar el perfil nacionalista de su jerarquía. Se cumplen los requisitos mínimos -origen, apellidos y lengua- «pero sin esa sensibilidad especial con la tierra, que aquí siempre se ha valorado», resalta un intelectual, que compara a la nueva generación de obispos con los 'cuneros' de la política. «Pero si fueran nacionalistas, los admitirían aunque hubieran estado toda la vida en Roma», reprocha un líder social que califica de «pobre» esa lógica y aplaude «la jugada estratégica» del Vaticano. «Fuera del nacionalismo eclesial también hay Iglesia», defiende tras muchos años en los movimientos de base, aunque en el horizonte se barrunten otras batallas en el campo doctrinal.

«Si los criterios para nombrar obispos son políticos vamos por muy mal camino», advierte un profesor cercano al nacionalismo. «¿En qué se basan para desautorizar una línea pastoral cuando la crisis de vocaciones afecta a todas las diócesis?», se pregunta. «¿Exceso de nacionalismo? ¿Pero no es nacionalismo español el de Rouco o Cañizares?», insiste, al tiempo que defiende que Blázquez cuenta con una nómina de colaboradores capacitados para ser sus auxiliares. «Iceta va a caer como un meteorito», previene.


«Frustración»

La promoción de personas como el claretiano Xabier Larrañaga, con un perfil de «extremo centro», pero incardinado en la realidad de Vizcaya, era la apuesta de la mayoría del clero y la curia. Su desplazamiento ha provocado una sensación de «frustración» en esos ámbitos, donde las ternas propuestas siempre han sido ocupadas por «gente de casa». Pero quienes han seguido muy de cerca la evolución histórica de las diócesis sostienen que esta operación no arranca ahora, sino que hay que mirar hacia atrás.

Según el análisis de estos observadores, en el Vaticano, sobre todo con Juan Pablo II, no gustaba nada el proyecto pastoral vasco iniciado en 1968 con obispos como Cirarda y Uriarte, más avanzado y de mayor corresponsabilidad con los agentes civiles, y de pronunciamientos sobre la realidad sociopolítica. «El nombramiento de Larrea como obispo de Bilbao fue la primera señal. Su nombre no figuraba en la terna del Consejo del Presbiterio y fue impuesto. Ese giro se confirmó con la salida de Uriarte a Zamora. Y luego llegó Blázquez. Ahora, Mario Iceta, que no ha querido ser seminarista ni sacerdote en Bilbao, porque se supone que no ha estado de acuerdo con la línea pastoral de aquí, sí acepta venir de obispo».

La cantera local sigue relegada en el banquillo. Se reprocha que se viene prescindiendo de generaciones de sacerdotes vascos para ser obispos. La última, la que fue formada entre los años 70 y 80 en los seminarios de Euskadi, contó con personas «que son punteras en España. Esto es un sopapo en toda regla al clero de aquí», claman portavoces de la cultura nacionalista con visible enfado, sabedores de que la política vaticana de exclusión de candidatos diocesanos ha quedado clara.

Sin embargo, en otros ámbitos se recuerda, precisamente, la endogamia que ha caracterizado a «las iglesias de Euskadi», cada una con su propia tradición y sus propias peculiaridades. «Los obispados han blindado su territorio para evitar infiltrados, seminaristas de un talante que no respiraban por el nacionalismo y sacerdotes que venían de otras sensibilidades. Muchos se han formado fuera porque, bien ellos, o bien sus mentores, no se sentían representados por esta jerarquía. Ha sido un error excluir o marginar a los nuevos movimientos, más conservadores, pero con más fuerza y con el apoyo de Roma», critican algunos formadores.

Es el caso de José Ignacio Munilla, ahora obispo muy activo en Palencia, que fue promocionado tras varios años en una parroquia de Zumarraga. Cuando fue ordenado sacerdote estuvo un año en el 'dique seco' porque se había formado en el Seminario Mayor de Toledo, cuna del integrismo religioso, y licenciado en Teología en Burgos. Es cierto que se trata de un prelado muy conservador, vasco y euskaldun. «No contaba para nuestros pastores, pero Roma se ha fijado en él», subrayan.

Y es que la Iglesia vasca, con la mayor parte del clero en tiempo de descuento por razones de edad y con los seminarios vacíos, no puede soportar un futuro sólo con la cantera. Las voces más críticas acusan a la línea oficial de la ausencia de vocaciones y la fuga de laicos, en algunos territorios con un movimiento de apostolado mortecino. En su última pastoral de Adviento, en diciembre, Monseñor Uriarte firmaba un diagnóstico muy acertado: «La práctica religiosa decrece bastante aceleradamente. La juventud, en su gran mayoría, se muestra poco sensible a la fe y casi alérgica o indiferente a la Iglesia. La doctrina eclesial es no sólo discutida, sino rechazada por mentalmente dogmática y moralmente rígida. El crédito moral de los pastores ha descendido drásticamente».


Envejecimiento

Los datos son demoledores. Dos de cada tres sacerdotes vascos están jubilados y la edad media de los restantes se aproxima a los 60 años. Los seminarios sólo cuentan con 6 alumnos, frente a los 108 inscritos en Cuenca, los 90 de Toledo o los 70 de Castellón, por citar feudos conservadores.

El propio Blázquez ha trasladado a su equipo de manera reiterada la necesidad de abrirse a otras sensibilidades -él lo llama «una eclesialidad holgada-, lo que en las diócesis vascas provoca sarpullidos cada vez que son nombradas. «Pero llenan seminarios e iglesias», argumentan los observadores, al tiempo que anticipan, de manera muy gráfica, que «pronto veremos más cleryman y menos jerseys de lana y camisas de leñador a cuadros» en las parroquias de Euskadi.

Blázquez nunca ha hecho ascos a los nuevos movimientos. Incluso se lleva muy bien con algunos de ellos. ¿Cuál es el papel del obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española en toda esta 'movida'?», se preguntan en los círculos eclesiales. En este punto, la unanimidad no es la tónica dominante por la propia opacidad del prelado abulense. Aunque a la mayoría les cuesta creer que el nombramiento de Iceta sea el de un candidato impuesto. En la terna trasladada a la Nunciatura, figuraban los nombres de Iceta y de Larrañaga. ¿La inclusión de este último era por cubrir el expediente o era la apuesta del titular de Bilbao? «Blázquez es un prelado muy obediente y si lo ha decidido el Papa, lo acepta porque es la voluntad de Dios», sostiene un miembro de la diócesis que cree conocerlo muy bien.

Pero son mayoría quienes interpretan que Blázquez es una de las piezas en la operación de cambio de la Iglesia vasca, a la que llegó con el mismo estigma de ser uno 'de fuera', y en la que sigue, doce años después, «con un equipo de colaboradores, pero sin demasiada gente de confianza». Blázquez, dicen, enseña sus cartas. En esta hora, incluso, recuerdan un episodio «significativo» y poco conocido: Blázquez viajó al País Vasco, cuando todavía era obispo de Palencia, en calidad de delegado pontificio, para realizar un informe sobre el seminario de Bilbao. «¿Cuáles fueron las conclusiones de aquél informe?», se preguntan ahora.


Recelos con Blázquez

El recelo a su posición ha subido enteros en los últimos días. «Con la nota sobre las elecciones y este nombramiento, los márgenes de confianza de que gozaba se han resentido», asegura alguien que ha trabajado muy cerca del obispo de Bilbao. «Blázquez mantenía su credibilidad con dos balones de oxígeno: su talante de consenso frente a posiciones como las de Rouco o Cañizares y su papel de colchón entre la jerarquía española y la vasca a la hora de propiciar el diálogo para la paz», argumenta. En esa línea, Iceta llega para reforzar su posición como un pilar más sólido en el que apoyar su tarea.

Quienes trabajan cerca del Obispado mantienen que la curia abrazará el pragmatismo y colaborará con el nuevo obispo auxiliar, aunque la incógnita que se abre es hasta dónde llegará su tarea. Se trata de una persona muy joven, bien formada, con experiencia en la gestión de las cuentas y con mucha capacidad de trabajo. Hasta ahora, Blázquez dejaba esa actividad en manos de miembros cualificados, heredados de la época de Uriarte. Pero lo que parece claro es que Iceta viene para mandar.

Las fuentes consultadas consideran que el nuevo ciclo en la Iglesia vasca no se visualizará a corto plazo. Iceta y Munilla, los obispos más jóvenes de España, necesitan un poco de rodaje. Sobre el futuro de Blázquez, y pendientes de lo que pueda pasar en las elecciones para renovar el Episcopado, los interlocutores no se atreven con más especulaciones, -«dura más de lo que pensábamos»-, aunque creen que ahora deberá quedarse «un tiempo» para arropar a su auxiliar. En el caso de Munilla, ya se daba por hecho que su nombramiento como obispo de Palencia era de ida y vuelta. Monseñor Asurmendi, en Vitoria, no da problemas, y Navarra, siempre tan cerca del proyecto eclesial vasco, ya ha sido blindada con monseñor Francisco Pérez, antes arzobispo castrense.

El de Gipuzkoa es un caso especial. Uriarte alcanza la jubilación en junio y la prórroga de su mandato es una incógnita. Su antecesor, Setién, se fue pronto, después de amarrar su nombramiento, una vez fracasada su mediación ante personalidades vascas en el Vaticano para pasar el báculo a José Antonio Pagola. Algunos analistas conceden que en este caso Roma podría abrir la mano para dejar a «un obispo de aquí», pero sin fuerza en el conjunto del Episcopado vasco. «No se puede hacer una Iglesia vasca al margen de Roma e inmune a la española», sentencian.


Pedro Ontoso, San Sebastián
EL DIARIO VASCO, 10 de febrero de 2008

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