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Misioneros, una Navidad sin regalos ni cava [LA RAZÓN]

Miles de religiosos y laicos españoles pasan las fiestas en sus misiones, lejos del consumismo europeo - Pobreza, guerra, calor sofocante y persecuciones políticas «comparten» la Nochebuena - Los países no católicos viven la celebración de forma variopinta. 


No vuelven a casa por Navidad. Lejos quedan ya las reuniones familiares, la frenética búsqueda de regalos, los atracones a langostinos y las copitas de cava. Y es que, cuando todo esto falta, sólo queda una cosa: la Navidad misma, es decir, la celebración del nacimiento del Niño Jesús. Con este espíritu viven gran parte de los 17.260 misioneros españoles que este año pasarán las fiestas navideñas lejos de su hogar, en sus respectivos países en misión y con aquellas personas que realmente los necesitan.

Si en algo coinciden todos ellos es que la Navidad, en Asia, África o Iberoamérica, poco o nada tiene que ver con la que vivimos en España. Son fiestas que están lejos de la ostentación europea: en algunos casos, se viven con miedo a ser detenidos por las autoridades del país, en otras, conviviendo con unas situaciones de guerra o pobreza extrema o soportando unos sofocantes 38 grados de temperatura.


Control estatal

La Navidad en China tiene dos caras muy distintas, por un lado la de los cristianos de la Iglesia oficial (controlada y permitida por el Gobierno) y, por otro, la de la Iglesia perseguida o subterránea (fiel a Roma y que huye del control estatal). P., un misionero español que prefiere ocultar su identidad para evitar posibles represalias del Gobierno, lleva ya 13 años en contacto con ambas ramas de la Iglesia china.

Esta noche, y después de la tradicional cena de Nochebuena, irá con sus compañeros de misión a una iglesia oficial para asistir a la Misa del Gallo, aunque ellos, por ser extranjeros, no podrán presidir la ceremonia. «Sólo pueden celebrar sacerdotes autorizados por el Gobierno y tampoco tenemos permitido predicar, a no ser que las autoridades sepan antes lo que vamos a decir. No quieren que se escape a su control los mensajes que se difunden entre la población», explica.

A pesar de la presión estatal, lo cierto es que a los chinos les encanta la Navidad. «Les atrae mucho que haya una misa durante la noche, por lo que en este día las iglesias se llenan de curiosos», señala P. Tanto es así que «algunas parroquias se ven obligadas a repartir tickets a sus fieles para que no se queden sin sitio».

Pero la Navidad para los miembros de la Iglesia subterránea tiene unos tintes mucho más comprometidos y peligrosos. La mayoría de las detenciones de los chinos fieles a Roma se producen precisamente durante estas fechas, ya que el Gobierno está más alerta y son más predecibles sus movimientos en días clave como Nochebuena.

En tiempos recios, se agudizan los sentidos para buscar subterfugios y esquivar el control estatal. «La Iglesia perseguida celebra la Navidad fuera de las grandes ciudades, en la casa de campo de algún cristiano para no levantar sospechas y que no les oigan cantar villancicos», explica el misionero. «Algunos, incluso, celebran la Navidad algunos días antes o después del 24 de diciembre para despistar la vigilancia de las autoridades».


Villancicos africanos

Veinte años lleva Lorenzo Campillo en Costa de Marfil, un país castigado por la guerra y la pobreza. Los misioneros viven allí bajo el peligro constante de ser encarcelados, amenazados o maltratados, pero con la firme determinación de llevar la esperanza a los inocentes que viven las miserias de esta conflictiva zona africana.

En Nochebuena, los cristianos de poblados vecinos se reúnen en la casa de la comunidad misionera que forman Lorenzo y otros tres religiosos. En el patio de su residencia, los jóvenes hacen una representación del nacimiento de Jesús y celebran la que llaman «Misa de medianoche». «Es una ceremonia muy especial, donde los pregoneros del poblado, llamados ‘‘criot’’, cantan el Evangelio con los ritmos peculiares de la etnia local “senouso’’». Después de la misa, la fiesta se prolonga durante casi toda la noche con danzas y cantos navideños muy rítmicos típicos de esta etnia”, explica el misionero.

Pero si algo echa de menos Lorenzo es el frío y la nieve de su tierra leonesa: «Aquí hace un calor terrible, entre 35 y 38 grados», explica sin perder el sentido del humor. Y no sólo eso. En Costa de Marfil no hay polvorones ni turrones, sino pasta de maíz con una salsa de hojas y pollo con arroz, «es la comida de las grandes fiestas como la Navidad», ironiza.

Otra de las peculiaridades de estas fechas en Costa de Marfil es que allí nunca se ha oído hablar de los regalos de Navidad -mucho menos de Papá Noel y sus renos-, y es que los recursos de los que disponen los marfileños son tan reducidos que viven las fiestas con gran sencillez. «Aquí la costumbre es ir de casa en casa visitando a los familiares y amigos. Tampoco se ponen belenes en los hogares, aunque sí en las parroquias donde se colocan una figuras preciosas de madera realizadas artesanalmente».


Navidad laica

Pablo Seco lleva siete años de misión en Kobe (Japón). Es sacerdote diocesano y, junto con otro misionero, está a cargo de dos parroquias y da clases en una Universidad católica. Durante todos estos años, ha pasado las Navidades lejos de su hogar, aunque reconoce que a estas alturas ya se ha «desvinculado de la típica tradición de que hay que volver a casa por Navidad y vivir este tiempo con la familia. En realidad, para mí, y más aún por mi condición de sacerdote, la familia es la comunidad cristiana con la que vivo mi fe», afirma con rotundidad.

Además, para él, vivir la Navidad precisamente en este país tiene un sentido muy especial: «El 25 de diciembre es la fiesta del sol y Japón es conocido como la tierra del sol naciente, de modo que es muy bonito vivir aquí cómo Cristo, el verdadero Sol, vuelve a nacer y a reavivar la esperanza en nuestros corazones». El inconveniente es que la Navidad es un día laborable normal y eso hace que la «fiesta cristiana pase un poco desapercibida». Por esta razón, la Misa del Gallo se hace a las 7 o a las 8 como muy tarde -nunca a medianoche-, y «después, cantamos algún villancico y brindamos pero todo muy rápido y de forma muy sencilla porque al día siguiente hay que madrugar para ir a trabajar», explica el sacerdote.

La fiesta de invierno más parecida a la Navidad que tienen en Japón es la de Año Nuevo, al menos, en el sentido familiar que se da a esta celebración. «El día 1 de enero, el país se paraliza y las madres ni siquiera hacen la comida porque se considera que es un día en el que nadie debe trabajar», explica Pablo. Pero también hay excepciones: los carteros sí trabajan y mucho. Ese día, el servicio de Correos japonés hace llegar a todos los hogares las tarjetas de felicitación que ha estado reteniendo durante los días previos.

En este país, que evangelizó por primera vez san Francisco Javier, la población vive con completa indiferencia la Navidad cristiana, aunque sí ha llegado hasta aquí la que Pablo denomina «Navidad laica»: «Todo Japón se viste de luces, de árboles de Navidad y muñecos de Papá Noel, una tradición que han heredado de los norteamericanos, pero muchos japoneses ni siquiera conocen el origen de esta fiesta». Prueba de ello es la pregunta que le han formulado al misionero en más de una ocasión: «Pero vosotros los cristianos, ¿también celebráis la Navidad?».


Sin materialismo

Miguel Ángel Ruiz es salesiano y dirige la Escuela Técnica Don Bosco en Lahore (Pakistán), donde aprenden un oficio cerca de 200 jóvenes cristianos y musulmanes. Este sacerdote se siente afortunado de vivir la Navidad en este país de mayoría islámica, porque, según dice, «mientras nuestros amigos se quejan del materialismo y el consumismo de nuestra vieja Europa resulta que nosotros podemos celebrar la Navidad centrándonos en el Misterio de fe que supone la venida al mundo de Dios hecho hombre».

Aunque las Navidades en Pakistán son sin champán -«por eso del alcohol en un país musulmán», explica el salesiano-, y sin mazapanes, turrones y polvorones, Miguel Ángel está emocionado porque ve la intensidad con la que viven esta fiesta los cristianos pakistaníes. «Quieren dar a conocer su fe, demostrar que son unos días muy especiales y, sobre todo, quieren volver a la iglesia a rezar y a compartir con Dios. No se plantean si esto sólo será por unos días ni si tendrán dinero para llegar a fin de mes en enero». Una anécdota que recuerda con cariño fue cuando hace unos días visitó la humilde casa de un matrimonio cristiano que acababa de tener una hija. «Cuando llegué, la mujer me dio, como regalo de Navidad, una taza llena de monedas que había ido ahorrando para ayudar a los chicos de nuestra escuela. La verdad es que ayudaron más al sacerdote que a los alumnos».

Más de 17.000 formas de celebrar la Navidad. Una por cada misionero español que pasa estos días lejos de casa, repartidos por las cuatro esquinas del globo. Pero, sin duda, la fiesta es la misma, y tal y como ellos mismos dicen, «la Navidad es el momento de recibir con mucha alegría al Niño Dios, que se hace presente en nuestra vida y nos trae paz y esperanza».


«Navidades» musulmanas

«Por favor, déjanos visitar vuestro colegio en Navidad». Ésta es la petición que le han hecho ya varios musulmanes a Miguel Ángel, misionero en Pakistán. Y es que en este país de mayoría islámica, lejos de prohibir esta celebración cristiana, aprovechan la Navidad para estrechar lazos con la minoría católica. «Este año nuestros amigos musulmanes nos han mandado 50 pares de vaqueros para los internos de nuestra escuela, tres camiones con muebles y una donación en efectivo para ayudar con la comida en Navidad».


Isis Barajas, Madrid
LA RAZÓN, 24 de diciembre de 2006

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