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La Comunión de Belén costó 3.500 euros [El Mundo]

3.500 euros es el “precio” actual del ritual que marca el paso entre la infancia y la vida adulta de un católico español. Una ceremonia religiosa transmutada en una exhibición de poderío económico familiar que mueve cientos de miles de euros al año. Incluso hay comuniones “por lo civil”. Todo con tal de regalarles su día más feliz.


Belén García Soler-Espiauba tiene 9 años y un 95% de autoestima, según el test que le hicieron recientemente en el colegio Santa María del Pilar (barrio madrileño del Niño Jesús, cerca de Retiro), donde estudia cuarto curso de Primaria. Es presumida, escucha a Melendi y saca buenas notas, aunque se le atraviesan las tildes y los problemas. Algo agitada ante el día más emocionante de su corta vida, el sábado 22 abril se despertó a las 7 de la mañana con su amor propio por las nubes y los nervios a flor de piel del comulgante primerizo.

Tras dos años de catequesis —todavía le cuesta entender el misterio de la Santísima Trinidad— por fin había llegado el día de su Primera Comunión, el anhelado momento de recibir el sacramento de la Eucaristía junto a otros 20 compañeros del cole; de lucir el precioso vestido de organdí suizo por el que su abuela había pagado religiosamente 495 euros; de presidir el banquete y cortar la tarta en un restaurante de la sierra; de abrir los regalos en la posterior fiesta infantil, animadores incluidos... Si al final de la jornada le hubieran hecho el test que mencionábamos al principio, su autoestima habría rozado el 100%. Y eso que para esta novia en miniatura no todo salió a pedir de boca: "El Cuerpo de Cristo no sabía nada bueno, y encima se me ha quedado pegado al paladar. Y el vino estaba asqueroso".

Antes de que diera comienzo el banquete, al que asistieron 34 invitados, uno de sus tíos se adelantó regalándole un reloj, una tarjeta regalo del Corte Inglés (en la visa figura el emblema de los grandes almacenes junto a un crucifijo) y un sobre sorpresa con 400 euros dentro. "Toma, princesa: para que te compres lo que quieras", le dijo, robándole un beso. En la catequesis, ella había escuchado que es de buenos cristianos compartir las cosas, así que a su hermano mayor, Antonio, de 11 años, le dio, sin que nadie la obligara, una parte del botín: 50 euros. ¿Y por qué no la mitad? "¡Encima que él no me dio nada en su comunión!". Con eso y otros pellizcos, que en total sumaron unos 700 euros, sus padres le han abierto su primera cuenta corriente. Porque nunca es demasiado pronto para empezar a pagar la hipoteca del piso. O para ir ahorrando para la boda, si es que algún día la niña decidiera casarse.

Según los datos más recientes de que dispone la Conferencia Episcopal, en 2004 celebraron su Primera Comunión 271.375 angelitos. En 2001 la tomaron 17.625 niños más, "pero eso no significa que ahora haya menos comuniones, sino que responde al menor número de nacimientos", advierte Jesús Domínguez, director de la Oficina de Estadística y Sociología de la Iglesia, que estima en un 24,6 % el porcentaje de niños que no la celebraron en 2004. Algunos, incluso la hacen por lo civil, vamos, sin pasar por la iglesia. En cualquier caso, que Belén haya pasado a formar parte de la comunidad cristiana —según las últimas encuestas, sólo el 14% de los españoles se declara católico practicante—, a sus padres les ha salido por un ojo de la cara: 3.500 euros.

Semejante a una pequeña boda, el gasto que ocasiona celebrar la Primera Comunión empieza a adquirir dimensiones alarmantes para muchas familias, que incluso piden un crédito para hacer frente a presupuestos de 3.000 euros de media, un 25% más que hace cinco años, según cálculos de la Confederación Española de Consumidores y Usuarios (CECU). Y es que el acontecimiento ha traspasado los límites de lo religioso para convertirse en una auténtica fiesta social que suele incluir —en función del presupuesto de cada hogar— banquete en un restaurante, regalos de última tecnología (este año arrasa la PSP, Play Station Portátil), reportaje fotográfico... y hasta payasos, capeas infantiles o viajes a EuroDisney. Fernando Móner, vicepresidente de la CECU, apela al control del gasto: "La mayoría de los padres de los comulgantes son jóvenes, en torno a los 35-40 años, con una hipoteca media de 120.000 euros; por culpa de la presión social y de la publicidad, caen en el despilfarro. Hay que intentar no endeudarse".


Poca religión.

Las celebraciones de la Primera Comunión reflejan dos de los aspectos esenciales de la evolución de la sociedad española: el laicismo y el consumismo. Para el psicólogo Javier Garcés, asesor de la Unión de Consumidores de España (UCE) y presidente de la Asociación Nacional de Estudios Psicológicos y Sociales, "su significación como sacramento católico está quedando, para la mayoría, en un segundo plano, al igual que ha sucedido con otras celebraciones religiosas como las bodas, la Navidad o la Semana Santa. La comunión viene a ser el ritual de paso a la edad adulta, que existe en todas las culturas, con parecidos elementos: vestido especial para la ocasión, banquete con familiares y amigos, regalos, etcétera. Pero el momento central ya no tiene lugar en la Iglesia, sino en el restaurante".

"Y encima, los padres nos hemos creado la necesidad de reservar todo desde enero, igual que reservamos las vacaciones con ocho meses de antelación", añade Ángeles Barrionuevo, mientras su hijo Álvaro se prueba el traje en el madrileño Corte Inglés de Preciados. Administrativa de 49 años y viuda, se considera "bastante agnóstica", por lo que asume que es una contradicción que el niño tome la comunión. "No quería ser menos que su hermana, y ese día se sienten protagonistas. Al menos, en la catequesis les enseñan un comportamiento cívico". La dependienta que la atiende, Sara López, dice que el departamento de primeras comuniones "es muy agradecido, porque la gente se gasta el dinero a gusto". Esta temporada despachará 1.500 trajes de niño, a 300 euros cada uno.

"Mayo es el mes de los sacrilegios", sentencia el teólogo catalán José Ignacio González Faus. En Migajas cristianas, un ensayo muy crítico con toda esta parafernalia, advierte de que "hay un evidente negocio económico y de prestigio social montado en torno a las primeras comuniones que dista mucho del mensaje evangélico y de sus exigencias". Alarmada ante el frenesí consumista, la Iglesia repite que lo importante es recibir a Dios con sencillez.

Pero lo cierto es que "este sacramento se le está escapando de las manos, aunque es de los pocos que aún controla", opina José Manuel Vidal, periodista experto en temas religiosos. Los padres suspiran, pero tragan. Y la Iglesia pone el grito en el cielo, pero no los remedios para cambiar la situación. "Al final, el dios del mercado ha podido con nuestro Dios y el consumo se ha apoderado de un acto estrictamente religioso. La gente está utilizando las iglesias católicas como expendedurías de sacramentos; a los curas nos convierten en vendedores y a las iglesias en sucursales de El Corte Inglés", expone el sacerdote Manuel González.

Al menos, los padres de Belén —María y Antonio, ambos de unos 40 años—, no se han visto en la necesidad de pedir un préstamo. Ella es ama de casa y él, propietario de un concesionario de coches. Viven bien, sin derroches, en un piso de la Avenida de Ciudad de Barcelona, y los fines de semana se escapan al chalet heredado en Moralzarzar, un pueblo de la sierra madrileña. Ambos se declaran creyentes, aunque no practicantes estrictos (procuran asistir a misa todos los domingos) y guardan un buen recuerdo de sus respectivas primeras comuniones.

María la celebró en Santander, en la casona de su abuela. "Al convite asistieron unas 60 personas, llovía a cántaros y entre los regalos había una Nancy que conservé durante años", recuerda. El ágape que disfrutó su marido tuvo lugar en el hotel Meliá Castilla de Madrid y la actuación corrió a cargo de los famosos payasos Toneti, todo un privilegio para la época. De aquel fiestón, Antonio conserva un vídeo que sus dos hijos han visto varias veces, de modo que los pequeños ya contaban con protagonizar una fiesta por todo lo alto.

A petición del periodista, repasa la lista de gastos como quien confiesa sus pecados: "Banquete para 34 personas, 1.650 euros; vestido, 495; cancán, 50; diadema, 55; chaqueta, 40; ropa interior, 23; zapatos: 40; merienda, 350; bebida, 300; dos animadores, 280; 50 recordatorios, 85; reportaje fotográfico oficial, 150 euros...". Con la excusa de que la comunión se toma una sola vez en la vida, y sin incluir el coste de su propio atuendo y el traje de su hijo, la broma les ha salido por 3.518 euros.

"Al menos la abuela ha ayudado con el vestido, y no hemos tenido problemas para reservar el restaurante, porque el colegio de Belén es el primero de Madrid en celebrar comuniones", resopla la madre, todavía algo estresada por los incidentes de última hora: "Una semana antes de la celebración tuvieron que arreglarle el vestido a la niña, porque le quedaba largo. Y en la víspera se hizo una brecha en la barbilla que requirió tres puntos de sutura. Casi me da un ataque".


Bacanal de regalos.

Son las 9 de la mañana y Belén se siente "cada vez más cerca de Dios". Tras dos años de catequesis, tiene las cosas claras: "Me hace más ilusión recibir el Cuerpo de Cristo que recibir regalos", afirma muy convencida dos horas antes de la ceremonia, mientras su madre y ella se peinan en la peluquería Makay, justo detrás de casa. Con el sonido del secador como fondo, la cría explica que durante la misa comentará el Evangelio junto a cuatro de sus compañeros. Todos ellos formarán un semicírculo en torno al sacerdote y dirán sus peticiones. "Yo rezaré para que haya menos contaminación en el mundo".

Al final del día, más prosaica, recitará de carrerilla la lista de obsequios recibidos: "Una bici, dos minicadenas, tres relojes, un móvil, una medalla de oro que me ha regalado mi madrina Yuya, un par de colgantes, dos juegos de pendientes (todo de Tous), el joyero de mi abuela, una muñeca de trapo, un diario, un álbum, un estuche con dos bolígrafos, ropa de Ágata Ruiz de la Prada y de Zara...". Nunca los Reyes Magos fueron tan espléndidos.

Las familias van llegando a la iglesia de Santa María del Pilar, situada junto al colegio. En una habitación del sótano, el fotógrafo de la casa —no hay opción de elegir otro— va llamando a los comulgantes. Obedeciendo las normas de la parroquia, todos los críos se despojan de sus trajes de gala para enfundarse una túnica blanca. "Se trata de que no haya distinciones sociales. Hacemos lo imposible para que sea una ceremonia de fe", explica el cura Paco Luna.

Las cámaras fotográficas y de vídeo de los familiares están prohibidas. "Hace años hizo la comunión el hijo del cantante Francisco y se montó tal show que hubo que suspender la misa". En 1970, bajo la influencia del Concilio Vaticano II, las parroquias y los equipos catequistas iniciaron un movimiento pedagógico encaminado a subrayar el sentido de la Primera Comunión como una fiesta religiosa sencilla y alejada de todo boato y exhibicionismo. Muchas parroquias introdujeron la capa blanca para evitar discriminaciones y comparaciones odiosas. Treinta y seis años después, apenas queda nada de aquella pretendida autenticidad: la publicidad y la vanidad han ganado la batalla.


Pura ficción.

A falta de 15 minutos para la ceremonia, el padre de Belén busca un cura para confesarse. "Si por mí fuera, no le hubiera comprado el vestido. Pero a su abuela le hacía ilusión; ella es la que más disfruta del acontecimiento religioso, porque es la más creyente. Al resto nos parece una buena excusa para reunir a toda la familia". Tiene amigos agnósticos que han dejado que sus retoños hagan la comunión "para evitar que se sintieran discriminados". El teólogo José Ignacio González Faus exhorta a las familias a que se tomen en serio esto de la fe: "Si no creéis, si en vuestra vida real el evangelio y sus exigencias no tienen nada que deciros, por favor: ¡no hagáis teatro; ¡que no pasa nada por que el chico o la chica se salten esta farsa!".

Los 20 comulgantes avanzan en una fila de a dos por el pasillo central de la iglesia, las manos unidas en señal de oración. Cuando se colocan a ambos lados del altar, el sacerdote interpela a los padres: "Queridos padres: Vuestros hijos se acercan hoy por primera vez a recibir a Jesús, el amigo que nos fortalece en nuestro caminar hacia Dios. Pero antes queremos que manifestéis vuestro compromiso serio, honrado y responsable ante la Iglesia aquí presente... ¿Deseáis que vuestros hijos reciban el Cuerpo y la Sangre de Cristo?". "Sí, lo deseamos". Mientras los niños están a punto de hacerse amigos de Jesús, más de un padre parece sopesar el precio (en euros) de esa amistad.

Amaya Domínguez, madre de tres hijos pequeños, lo tanteó antes de llegar a este punto de no retorno. Después de asistir a una conferencia sobre Autocontrol en el gasto y endeudamiento, salió convencida de que podría organizar la comunión de su hijo mayor, Roberto, prevista para finales de mayo, sin tirar la casa por la ventana. Pero enseguida comprobó "que hay un abismo entre plantearse el consumo responsable de forma teórica y aplicarlo en la práctica". Para resolver su dilema escribió un correo electrónico al conferenciante, el citado psicólogo Javier Garcés, asesor de la Unión de Consumidores de España.

Decía así: "En estos momentos me resulta muy gravoso hacer un desembolso de más de 2.000 euros para la comunión de mi hijo Roberto. Y pedir un crédito para realizar un gasto suntuario me parece fatal. Un día, mientras comíamos, le planteé la posibilidad de celebrar el acontecimiento con una comida en casa (invitando sólo a la familia más cercana) y de organizar una merienda para él y sus amigos. Fue un desastre. El niño se levantó de la mesa para irse a llorar a su cuarto. El soponcio le duró toda la tarde y aunque le he dicho que no está completamente decidido, creo que piensa que sólo haberlo planteado significa que no le quiero lo suficiente. ¿Se da cuenta del chantaje emocional al que estoy sometida? (...) Mi marido está por claudicar: ‘No te preocupes, ya lo pagaremos’, me dice. Pero, ¿qué educación estaré dando a mis hijos si transijo? Desde luego, no les estaré transmitiendo que soy una persona fiel a mí misma, ni que una comunión es algo más que un acto social, ni que el dinero que no se tiene no debe gastarse, sino todo lo contrario". A continuación, pedía consejo al experto.

Garcés tiene claro que la Primera Comunión es un momento idóneo para educar al comulgante en la frustración: "Los valores presentes ese día formarán también parte de su educación. Ante las expectativas consumistas que el niño habrá recibido a través de la televisión, la publicidad o de sus amigos, los padres deberían ser un contrapeso de sensatez y racionalidad. Deben entender que lo importante del acto es, además de su significación religiosa, poder compartir un día con la familia y amigos, procurando que el niño se sienta el centro de la atención y el afecto. Respetando esto, han de sentirse libres a la hora de celebrarlo como quieran y puedan: con una comida en casa, al aire libre o en un restaurante".

Colorín, colorado. Tras recibir el Cuerpo de Cristo y de sentir cómo se le quedaba pegado al paladar, Belén volvió a ponerse su disfraz de princesa. Nada más acabar la ceremonia cayó una granizada bíblica. Luego cortaría la tarta, recibiría su primera Visa y jugaría al pañuelo en la fiesta infantil. Puede que estrene su diario con la siguiente frase: "Hoy ha sido el día más feliz de mi vida". Tras el año que le queda de catequesis quizá consiga desentrañar el misterio de la Santísima Trinidad, algo más complejo que la ortografía de las tildes. Sin duda, eso reforzaría bastante su autoestima.


Juan Carlos Rodríguez
EL MUNDO, 22 de mayo de 2006

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