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MENSAJE DEL RECTOR MAYOR A LOS JÓVENES DEL MJS 2006

Queridos jóvenes:

Me dirijo a vosotros, teniendo ante mí tantos rostros encontrados en las diversas partes del mundo: rostros juveniles, llenos de alegría, de entusiasmo, de ganas de vivir y de servir. Vosotros sois la parte más importante y más querida de mi familia, en la que encuentro constantemente la alegría de darme a Dios y la esperanza que sostiene mi servicio.

Durante este año 2006, la Familia Salesiana celebra el 150º aniversario de la muerte de Mamá Margarita, madre de la familia educativa creada por Don Bosco en Valdocco. Estoy convencido del papel determinante desempeñado por Mamá Margarita tanto en la formación humana y cristiana de Don Bosco, como en la creación del ambiente educativo “familiar” de Valdocco. Por esto, este año he invitado a la Familia Salesiana y también a vosotros, jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano, a renovar el compromiso para

“PRESTAR UNA ATENCIÓN ESPECIAL A LA FAMILIA,
QUE ES CUNA DE LA VIDA Y DEL AMOR,
Y LUGAR PRIVILEGIADO DE HUMANIZACIÓN”.

Todos vosotros, queridos jóvenes, tenéis una fuerte experiencia de familia. Vuestra vida está marcada y poblada de rostros conocidos, cuya evocación, en cualquier edad, tiene la capacidad de encender en vuestros ojos la gratitud y la alegría.

El rostro que se presenta con mayor intensidad y transpareencia es ciertamente el rostro de vuestra madre. En su sonrisa, por primera vez, leísteis la palabra “amor”: amor plenamente gratuito, custodiado con ternura y delicadeza, del mismo modo que se custodia el germen precioso de la vida. En su corazón se han conjuntado misteriosamente la gratuidad del amor de Dios y la gratuidad del amor humano.

Junto al rostro materno habéis conocido el rostro de vuestro padre: rostro que completa el amor materno bajo el signo del compromiso exigente y del proyecto valiente de vida. Luego habéis encontrado también los rostros de hermanos y hermanas y todos juntos habéis vivido la experiencia de ser acogidos, reconocidos y amados.

Aquel ambiente rico de intercambios comunicativos y afectivos ha sido para vosotros la “cuna de la vida y del amor”, una auténtica escuela de comunión y de sociabilidad.

Vosotros, finalmente, habéis leído y escuchado la buena noticia del evangelio en rostros concretos, resplandecientes de amor; ellos os han enseñado a reconocer a Jesús, a pronunciar su nombre con respeto, a amarlo, a hacer la señal de la cruz.
¡Qué gran don habéis recibido!

Por desgracia, muchos jóvenes hoy sufren la cruel ausencia del padre o de la madre. No tienen ninguna experiencia de una relación serena y equilibrada con los padres, hermanos o hermanas. Llevan en su vida heridas muy profundas y carencias difícilmente colmables; y permanecen indefensos frente a las provocaciones de la sociedad. Llevan consigo una trágica experiencia que reaparece en tantos comportamientos que son para nosotros, y para todos vosotros, provocación y desafío.

¿No es acaso una familia lo que ellos buscan? ¿No desean hermanos, madres y padres, bajo tantas expresiones no fácilmente comprensibles por los adultos y por los mismos jóvenes? ¿No es la suya una primera llamada a la Iglesia para que sea familia? ¿No es una provocación para vosotros para que seáis – como jóvenes para los jóvenes – capaces de crear lazos de fraternidad y de suscitar ambientes de familia?

La Palabra de Dios, con la que siempre nos confrontamos, ilumina y arraiga en lo más hondo también esta experiencia humana de la vida familiar y del don del amor que en ella se recibe y se respira.

Queridos jóvenes, hemos recibido un don precioso: el Amor de Dios. “Mirad qué gran amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1). “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Un amor que ha pensado en nosotros antes de que naciésemos, un amor que ha predispuesto para nosotros un camino de vida, un amor que nos acompaña y nos acoge siempre, aunque no siempre seamos fieles nosotros. Estamos envueltos continuamente en el amor de Dios, que nos llama y nos impulsa a desarrollar lo mejor de nosotros mismos y a difundir este mismo amor entre todas las personas que nos rodean. “Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11)

El amor es vuestra vocación, queridos jóvenes. Es la dimensión fundamental de vuestra persona. Es la energía que hace brotar la vida. Es esto lo que da sentido a la existencia, abriéndola a la comprensión y a la oblatividad. Vosotros estais, justamente, ansiosos de vivir el don del amor. Sin embargo, con frecuencia, por una serie de condicionamientos internos y externos, corréis el peligro de hacer de él un uso consumista, o de contentaros con aspectos importantes, pero parciales. Por esto, es necesario emprender un camino educativo que os ayude a desarrollar todos las potencialidades de bien y de felicidad del amor que habéis recibido de Dios.

Jesús mismo recorrió este largo camino de maduración humana en los treinta años que vivió en su familia en Nazaret. Para nacer, Dios tuvo necesidad de una madre; para crecer y hacerse hombre, para aprender a amar como hombre, Dios tuvo necesidad de una familia. María no fue sólo la que dio a luz a Jesús; como verdadera madre, al lado de José, logró hacer de la casa de Nazaret un hogar de “humanización” del Hijo de Dios (cf. Lc 2,51-52).

También vosotros debéis asumir estos años de vuestra juventud como un tiempo precioso para aprender a amar según el modelo del amor de Dios, manifestado en Jesús. De este modo podréis responder a la vocación a la que habéis sido llamados: el matrimonio o el celibato en la vida religiosa y sacerdotal.

Para llegar a tomar opciones definitivas como el matrimonio o el celibato por el Reino de Dios, debéis desde ahora educar vuestro corazón. El amor es siempre y sólo un don y se aprende a dar distribuyendo dones sin esperar respuestas y reconocimientos. Mirad a vuestro alrededor: descubrid necesidades estimulantes, aunque no siempre sean llamativas; escuchad el grito, muchas veces silencioso, del necesitado, comenzando por vuestro mismo ambiente familiar. Promoved el diálogo, la escucha cordial, expresiones cotidianas de servicio o de ayuda, el perdón generoso; dedicad tiempo gratuito para estar juntos. Todo esto constituyen pequeños gestos que crean una atmósfera de cordialidad y de familiaridad, abren los corazones y suscitan una corriente de amor y de solidaridad.

Si queréis estar ciertos de saber amar, abrid también vuestro corazón y vuestra vida al servicio del prójimo con gestos, actividades, actitudes de compromiso concreto. Con otras palabras, aprended a amar poniéndoos al servicio de los más pobres. Servicio significa compromiso y no acción esporádica; relación constructiva y no simple episodio gratificante. Para esto, se requiere ánimo generoso y capacidad de salir de sí mismo para transformar situaciones y realidades injustas e inhumanas.

Si hoy sois jóvenes generosos, mañana formaréis familias inspiradas cristianamente y que se abren a la necesidad del prójimo; o quizás sabréis gastar toda vuestra vida por los demás, consagrándoos a Dios. Sabréis insertaros en la corriente sana y educadora de la sociedad, implicándoos en una constante movilización en favor de los más pobres. Vuestra participación deberá ser creativa, ofreciendo todo el potencial educativo que habéis recibido en el ámbito de la gran familia salesiana.

La vocación para el amor, tanto en el matrimonio como en el celibato por el Reino, es un don de Dios que debemos pedir y al que debemos abrirnos generosamente. Queridos jóvenes, no podemos construir un proyecto serio y permanente de amor sin poner en el centro una fuerte espiritualidad cristiana. Para ello es fundamental cuidar la oración personal y en pareja, como también la participación en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía, en la que nos unimos al acto supremo de amor de Jesús, su muerte y resurrección, y en el sacramento de la reconciliación que nos ofrece el perdón de Dios y nos educa en el perdón entre nosotros, elemento esencial del verdadero amor.

Será para vosotros una gracia grande encontrar un guía espiritual que os ayude a reconocer el justo valor de los gestos. Éstos, a veces, son tan inmediatos, como superficiales. Corréis el riesgo de sentiros tan cercanos en el ámbito de gestos, como lejanos, e incluso también extraños, en el ámbito de comunicación profunda. Un buen guía espiritual os ayudará a reconocer las diferencias de los gestos y de los vínculos de unión, a nutrir las disposiciones profundas de la libertad, a acompañar en la oración la búsqueda de un sentido pleno de la vida, a amar la discreción y el pudor.

De hecho, sabemos que el amor es una realidad delicada y frágil. Es tan frágil que sólo se conserva si se hace don; y el don de sí tiene necesidad de una formación en la interioridad personal. Esta recta educación se difunde luego y se concreta en el compromiso, en el servicio, en las diversas vocaciones.
Es un trabajo largo, que nos exige a nosotros educadores acompañaros personalmente, uno por uno; dar importancia a los grupos con experiencia cristiana de calidad; ofreceros la dirección espiritual, porque el fundamento de todo es ser personas que en reciprocidad con Cristo consideren su vida como un don para los demás.

Por esto, respetuosos de vuestra persona, como educadores de jóvenes, queremos ofreceros itinerarios concretos de formación, acompañamiento y discernimiento de la vocación al matrimonio cristiano o al celibato en la vida religiosa o sacerdotal.

Los grupos, los movimientos y asociaciones de parejas y de familias serán para vosotros lugares de reflexión y de toma de conciencia de vuestras posibilidades humanas, dentro de un proceso de maduración. Os ayudarán a vivir y profundizar vuestra vocación matrimonial o celibataria y a asumir con compromiso las responsabilidades educativas.

Valdocco sigue siendo para todos nosotros un punto esencial de referencia y una escuela de vida. En la escuela de Mamá Margarita, mujer sabia, llena de aquella sabiduría que viene de lo alto, Juan aprendió a amar la vida como don precioso y único. El corazón de la madre, como el corazón de Dios de quien “toda paternidad en los cielos y en la tierra recibe el nombre”, fue para él una fuente inagotable de paternidad. Ser sacerdote significaba para él ser padre de una gran familia.
Don Bosco era un padre que tenía un fuerte sentido de la dignidad y de la justicia y, al mismo tiempo, era un sacerdote plenamente encarnado en la situación concreta de los jóvenes de su tiempo. El clima de familia que creó en Valdocco, juntamente con Mamá Margarita, no era un cálido invernadero, un nido donde los tímidos y los frioleros se sienten a gusto. Don Bosco conducía a sus hijos a la plena madurez de hombres y de cristianos según el espíritu de libertad del Evangelio. Las personalidades vigorosas crecidas en Valdocco son la mejor prueba.

Podemos decir que Don Bosco recogió de la vida y del corazón de su madre el amor y lo transmitió con pasión a sus jóvenes. Aceptó esta vocación como una gracia inmensa, como una invitación permanente a conservar delante de Dios un corazón de hijo.

He aquí, queridos jóvenes, el mensaje supremo de Don Bosco: no hay nada más grande en este mundo que responder con la propia vida entera al amor de Dios a través de la propia vocación al matrimonio o al celibato. Esto no debe asombraros, puesto que es el misterio de Dios mismo. Y si las cosas están así, entonces no hay nada más catastrófico que el rechazo o la degradación del amor y de la paternidad; y nada más importante que aprender a ser padre o madre, a imagen de Dios Padre, y aprender a ser hijo, a imagen de Dios Hijo.

Cada uno de vosotros está llamado a unir de alguna manera en su vocación estas dos actitudes: un alma de hijo, con sencillez, delante de Dios Padre, y un alma de padre o madre, con ternura, delante de los hijos que Dios os manda y os confía. En la medida en que realizáis lo uno y lo otro, camináis hacia la santidad y encontráis la verdadera alegría.

Concluyo con la invitación del Papa Benedicto XVI a los jóvenes en la última Jornada Mundial de la Juventud: “Yo sé que vosotros, como jóvenes, aspiráis a las cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera precisamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá seguir la estrella que nosotros seguimos” (Colonia 2005, homilía final).


Roma – 31 de enero de 2006
Fiesta de San Juan Bosco


Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor


Invitación a la reflexión personal o de grupo o de diálogo con el guía espiritual:

1. ¿Cuál es vuestra experiencia de familia? ¿Cómo la podréis enriquecer?

2. ¿Cómo estáis viviendo vuestra vocación para el amor?

3. ¿Cómo estáis educando vuestro corazón? ¿Qué caminos concretos estáis haciendo?

4. ¿Os ayuda vuestro guía espiritual a crecer en el amor?

5. ¿Os robustece vuestra vida espiritual en el amor? ¿Qué es lo que os ayuda mayormente?

6. ¿En qué os sentís hijos o hijas y en qué os sentís padres o madres?

 

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