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¿Qué celebramos en Navidad? [Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao]

Ante las fiestas de Navidad quiero transmitir a cuantos formamos la sociedad de Bizkaia mis sentimientos de cercanía y amistad. El que el Salvador del mundo haya nacido como un niño pobre en un establo de Belén aviva en nosotros las nobles actitudes de amor y benevolencia, de compasión y solidaridad. Navidad nos invita a cambiar la dureza en ternura, la displicencia en afecto, la lejanía en proximidad, la exclusión en acogida.


¿Qué celebramos en Navidad? Hace algunos días escuché en una librería de nuestra Villa que habían ido muchos padres de niños pequeños buscando motivos navideños y figuras para el nacimiento que pondrían en la casa. Así como esta noticia me produjo alegría, causa tristeza, en cambio, constatar que entre loterías y ofertas comerciales, juguetes y regalos, papá Noel, el olentzero y los Reyes, comidas y dulces, queda encubierto el sentido original y propio de la Navidad. Rodeados de tantas cosas no se ve al Niño Jesús recostado en un pesebre, y con tanto ruido no se escucha el llanto de innumerables niños de hoy. ¿No sería más saludable y humanizador, menos tedioso y más alegre, celebrar estas fiestas con mayor sencillez, dejándonos guiar por la estrella de los magos de Oriente hasta el lugar donde está la Luz del mundo, el sentido más hondo y feliz de la vida, la esperanza en medio de las incertidumbres que nos envuelven?

Navidad es ante todo el alumbramiento de Jesús por María. María es la «madre del Redentor, virgen fecunda, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar». A ella pedimos «muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre». Ella nos enseña a admirar «el llanto del hombre en Dios y en el hombre la alegría» (San Juan de la Cruz). Bajo su protección nos acogemos confiadamente y clamamos: «Ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse». En su regazo ponemos nuestras necesidades de paz y de justicia, de fe y de esperanza. En el hogar de la Iglesia María es calor maternal, amparo en las pruebas, atención preferente a los débiles, concordia entre los hermanos, invitación a recordar la fe y a volver a la casa donde ella nos aguarda.

Navidad es también fiesta de familia, ya que el Hijo de Dios nació en el seno de una familia. Es comprensible que en estas fiestas se reúnan gozosamente las familias, afianzando los lazos preciosos del amor; y es comprensible también que se eche de menos particularmente en estos días la ausencia de familia o la separación de las familias. Estos días recordamos con especial afecto a las familias que sufren por enfermedad, decrepitud de alguno de sus miembros, dificultades económicas y laborales, distancia a causa de la emigración; nos hacemos cargo del sufrimiento que producen las pendencias constantes y gruesas, los matrimonios rotos, los hijos que son víctimas de estas rupturas. Mil regalos no pueden suplir el regalo mejor: el amor de sus padres unidos. Que Dios nos dé sabiduría y valor para cultivar lo que contribuya a la concordia del hogar y para evitar los peligros que lo amenacen.

Con razón la sociedad se siente consternada cuando se entera de la muerte de mujeres asesinadas por sus cónyuges. Es terrible que la unión más íntima entre un varón y una mujer, como es el matrimonio, se convierta en amenaza hasta para la propia vida. Pidamos a la Familia de Belén y Nazaret que desaparezcan el odio del corazón, la violencia en las palabras y en los hechos de las familias. Es ésta una dolencia que afecta a las fibras más sensibles de la sociedad. Para atajar este mal son necesarias sin duda medidas legales; pero hay enfermedades que proceden del corazón, y, por tanto, sólo hallan eficaz curación desde actitudes nuevas del espíritu habitado por el amor respetuoso de las personas, que tiene mucho que ver con lo que celebramos en estas fiestas de Navidad.

De Navidad quiero recordar todavía otra perspectiva. Hace pocos días tuvimos la oportunidad de escuchar en la catedral un villancico de Luigi Boccherini que bellamente decía: «Todo el cielo en esa cara / habemos llegado a ver», es decir, en el Niño Jesús, nacido por nosotros en Belén, descubrimos la ternura, la humanidad y el amor de Dios. La imagen verdadera de Dios es Jesús acostado en un pesebre o acurrucado en el regazo de su madre la Virgen; esta imagen debe corregir las imágenes de Dios que quizá hemos recibido por tradición, quizá nos hemos formado, o quizá nos han fabricado otros. ¿Por qué sospechamos que Dios no nos quiere bien, que es celoso de nuestra grandeza, que es incompatible el reconocimiento de Dios y la libertad del hombre?

Frente a estas posibles imágenes distorsionadas de Dios, Jesús revela desde su nacimiento hasta su resurrección, pasando por su mensaje y su vida, que Dios es amigo de los hombres, que tiene entrañas de misericordia como una madre, que es el Padre del cielo omnipotente y bueno. Dios viene a nuestro encuentro; nos ama como somos para que podamos ser libres y felices, serviciales y solidarios. Al hombre le viene muy bien creer en Dios; orillando a Dios se perjudica a sí mismo. Con él edificamos la casa de la humanidad sobre roca firme. Dios es fuente de amor y de paz, de fraternidad y sororidad, de justicia y de esperanza. Con su fuerza podemos construir una ciudad para todos y un gran techo común, podemos levantar una mesa redonda como el mundo donde nos sentemos todos sin exclusión, con la serenidad que Dios otorga podemos mirar unidos con esperanza al futuro. En el Niño de Belén ha nacido la paz como don del cielo, el hombre nuevo, la Humanidad como una familia de hijos e hijas de Dios.

Querido amigo y amiga, te felicito estas fiestas tan entrañables con unas palabras de la Sagrada Escritura: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Núm 6,24-26). Bakea eta Zorionak! ¡Que la pacificación plena llegue definitivamente a nuestro pueblo!


Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao
EL CORREO, 23 de diciembre de 2005

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