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Aquel vivero de curas

En 2005 se cumplen 75 años de la inauguración del que fue considerado en su época el mejor seminario de España. Un libro y un puñado de recuerdos resucitan una historia irrepetible.


Los dos tomos, las 1.300 páginas del libro «Historia del Seminario Diocesano de Vitoria», los miles de documentos consultados en los dos años de su ardua y rigurosa elaboración, condensan 75 años de una rica experiencia humana y religiosa. La biografía de miles de personas está enmarcada entre estos imponentes muros. Pero Andrés Ibáñez Arana, de 85 años, el autor de esta magna obra que se presentará en breve, siente «un gran sufrimiento» al comprobar que en gran parte todo ese formidable proyecto que él ha pintado en trazos finos es pasado glorioso. Que las voces, los juegos, las risas, las canciones, los sueños de tantos aprendices de curas ya no se oyen, ni se ven, ni existen más que en los recuerdos. Los mismos suelos, idénticos azulejos, patios, capillas y aulas que fueron testigos de tantas correrías, ahora están vacíos de seminaristas, aunque llenos de una gran actividad secular desde la Uned al Tribunal Vasco de Cuentas, el Instituto de la Naturaleza, los gemólogos, los etnógrafos y un largo etcétera.

El edificio del seminario engaña. Detrás de su fachada de piedra gris de estilo regionalista en boga en los años treinta, se esconde la primera obra de hormigón armado que se hace en Vitoria. Fue considerado el mejor de España en su época y el arquitecto, Pedro de Asúa, en proceso de beatificación, hizo una obra destinada a durar toda la vida, en la que pensó hasta en los sistemas antiterremotos.

También guarda un secreto. Fue costeado con una fortuna traída de Cuba, amasada por uno de los grandes negreros de la historia, el alavés de Anúcita Julián Zulueta. Su hija menor, Elvira, redimió las culpas del padre donando un legado de 3 millones de pesetas, que supuso un 70% de la financiación de la obra. La bienhechora y su marido Ricardo Agustín descansan en un precioso mausoleo de la capilla.


La última generación

Si Andrés Ibáñez fue uno de los primeros en ocupar plaza en esta historia, Unai Ibañez, de 31 años, fue uno de los últimos que vivió y estudió en el gran edificio de la calle Beato Tomás de Zumárraga. Entró con 18 años después de terminar el bachillerato en la ikastola Koldo Mitxelena. Rompió moldes porque los aprendices de cura ya no se formaban desde su más tierna infancia en el internado. Pero con él y sus compañeros terminaba un ciclo. Cada vez que se marchaba uno se cerraban ¿para siempre? «aquellas habitaciones de techos altos, llenas de encanto, con todas las comodidades de una buena residencia, con una gran ventana ojival, un armario de antes de la guerra, puertas de roble. Siempre la consideré mi casa y un lugar muy hermoso», desgrana el joven cura con nostalgia.

Unai pone un ejemplo para demostrar la calidad de la enseñanza. «Aparte de los profesores de Teología, teníamos un rector, un prefecto y un director espiritual para nosotros que llegábamos a ser unos veinte. Una biblioteca de 350.000 libros. A mí que me gusta la música, teníamos un piano por cabeza, partituras, órganos de tubos. ¿Qué más se podía pedir?»


Una vocación infantil

El actual obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, dijo en una ocasión que el frío del seminario de Vitoria, que él conoce bien, era como un sacramento, «imprimía carácter». «Nosotros dormíamos con la ventana abierta por el calor en pleno invierno», resalta Unai, sacerdote de la iglesia del Pilar desde hace 6 años.

Los tiempos de Uriarte fueron seguramente los años en los que brillaba el espíritu, pero no el dinero para la calefacción. Luis Mari Goikoetxea entró en el seminario durante el curso 59-60. El actual rector del seminario había cumplido 12 años y siempre había estado muy cerca de la Iglesia como monaguillo del cercano convento de Los Carmelitas de Murguía, su pueblo natal. «Entre los estereotipos que circulan sobre los curas siempre se ha dicho que aquí entraban los segundones de las familias. Yo soy el primero y como yo hay muchos. Es cierto que nuestros padres tenían la obsesión de que estudiáramos como fuera porque ellos no lo habían podido hacer».

Goikoetxea reconoce que sus circunstancias fueron de cambio. «Eramos unos niños cuando nos leían a la hora de la comida la página especial que dedicaban los periódicos a la marcha del Concilio Vaticano II. Aquel viento fresco se tradujo en que no conocí la sotana», evoca.


Década de los treinta

Los tiempos cambian, pero Andrés Ibáñez está convencido de que el clero recogía en su época de alumno «lo mejor de la sociedad. Y el que era pobre siempre tenía alguna beca o ayuda para entrar. Así fue en mi caso en la década de los treinta».

Los años de la postguerra fueron duros para vivir el día a día, pero la influencia de la Iglesia y su presencia en las calles era absoluta. «Imagínese cientos de chicos vestidos con sotana y beca roja paseando por las calles de Vitoria. Era un espectáculo».

Andrés, una eminencia en Sagradas Escrituras, tiene un recuerdo cariñoso para José Miguel de Barandiarán profesor como él, «excelente en el trato cercano del alumno». Y pone el acento en la formidable preparación académica e intelectual de los curas salidos de aquella imponente fábrica hecha por los hombres al servicio de Dios.


HITOS DE 75 AÑOS

1861: Se crea la Diócesis de Vitoria. Existe desde 1853 el Seminario de Aguirre. En 1880 se abre el Seminario Conciliar junto a Santa María. Son insuficientes.

1926: Se coloca la primera piedra.

1930: El 28 de septiembre se inaugura el edificio. Asiste el rey Alfonso XIII casi a escondidas.

1936: El edificio es utilizado como hospital durante la guerra. Los seminaristas se dispersan.

1952: La división de la Diócesis conlleva la marcha de guipuzcoanos y vizcaínos.

1967: Abre sus puertas la Facultad de Teología. Tiene 170 alumnos y 30 profesores

2005: Sólo viven 3 sacerdotes. Llegó a haber hasta 700 alumnos.


F. Góngora, Vitoria
EL CORREO, 4 de diciembre de 2005

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