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Premios y castigos a los niños

En la educación infantil es fundamental adquirir compromisos con los menores y aprender a respetarlos.


Rabietas, arrebatos ante cualquier negativa, exigencias, caprichos... ¿Quién no ha visto en alguna ocasión un conflicto protagonizado por un niño y sus padres? Se trata de un tira y afloja en el que cada cual intenta poner sus límites, aunque, lógicamente, si se habla de educación son los progenitores quienes tienen que conservar la calma y tomarse en serio la tarea. Pero, ¿cómo? ¿qué estrategia deben seguir? Educadores y psicólogos aconsejan marcar ciertos límites desde el primer momento para después ir creando hábitos, ya que la existencia de unas normas aporta seguridad a los niños.


Marcar los límites

Los psicólogos y educadores coinciden en subrayar que las normas no deben ser impuestas. Por un lado, el diálogo entre padres e hijos genera un vínculo de confianza que facilita sus relaciones y crea un espacio para negociar las normas y construirlas juntos. Por otro, los adultos han de ser coherentes y respetar también las reglas. Por ejemplo, si no quieren que el niño diga palabras malsonantes tampoco ellos han de decirlas. La trasgresión de estas pautas puede implicar la imposición de un castigo “lo más educativo posible”. Éste ha de ser el adecuado a la mala conducta del menor y requiere que el niño o la niña entienda que no se trata de desaprobarle, sino de castigar esa conducta determinada. 

Esta labor, sencilla en teoría, se hace a veces muy difícil. De hecho, según María Jesús Álava, especialista en Psicología educativa, se hace patente la dificultad que encuentran hoy en día muchos padres a la hora de marcar con éxito los límites a los niños. Tanto es así que ya hay parejas que llegan a su consulta porque “no saben qué hacer” con el “pequeño tirano” en el que se ha convertido su hijo de dos años.

Las rabietas son un signo muy típico de la etapa de los dos años. A esa edad suelen tener pataletas muy escandalosas que no se solucionan dando al niño lo que pide, sino dejando que se le pase el berrinche, porque de lo contrario aprenderá que esa es la mejor forma de conseguir lo que quiere y la utilizará siempre que quiera algo que vaya en contra de los deseos de sus cuidadores.

“Es una etapa más de nuestro desarrollo, no debemos preocuparnos sino dejar al niño que se tranquilice él solo”, dice Héctor del Castillo, profesor de Psicopedagogía de la Universidad de Alcalá de Henares. ¿Qué sucedería si los padres cedieran siempre? La psicopedagoga y terapeuta Marta Bravo asegura que acabarían convirtiendo al hijo en una persona egoísta, egocéntrica, caprichosa y muy vulnerable a cualquier contratiempo.

También es cierto que los niños son muy “buenos observadores” y saben muy bien cuándo surte mejor efecto la utilización de esas tretas, de modo que las ponen en práctica muchas veces en público para forzar a los mayores a ceder, recuerda María Jesús Álava. Ahí es cuando los padres se ven desbordados. Esto se añade a que además, normalmente, no pueden dedicar a los hijos todo el tiempo y la atención que precisan, lo que de alguna forma les hace sentirse culpables e inseguros.

¿Pero, qué pensarían si este mismo problema superara a los educadores? ¿Y por qué un mismo niño puede ser manipulador en casa y portarse de maravilla en el colegio? Las respuestas de la orientadora son muy sencillas: “Los niños son lo que queremos que sean; hay que crear hábitos desde el principio”. Por último, explica que es importante ser consecuentes con lo que decimos, así como conocer “qué se le puede pedir al niño según la edad que tenga”.

¿Y cuál es la mejor manera? Marta Bravo coincide con Álava en que es necesaria mucha claridad y seguridad en lo que les decimos, aplicar el límite con voz segura y mirada firme; que ambos padres estén de acuerdo, “al menos ante el niño”. Por último explica que es importante ser consecuentes con lo que decimos, así como conocer “qué se le puede pedir al niño según la edad que tenga”.

Pautas a seguir La coherencia aporta seguridad y confianza al niño porque así conoce exactamente cuáles son sus límites. Marta Bravo detalla de forma práctica algunas pautas:

· Se puede exigir a los niños pequeños que obedezcan sin necesidad de que conozcan todos los argumentos. Sin embargo, a los adolescentes no “se accede” de la misma manera. Es necesario pactar con ellos y llegar a acuerdos.

· Es fundamental ser muy concretos en las peticiones que los padres hacen a los menores: no pedirle “que se porte bien”, sino que “recoja sus juguetes”, “que se lave los dientes después de comer”, etc.

· Ofrecer opciones del tipo “¿Prefieres ducharte ahora o después de cenar?
Está claro que los niños hacen lo que ven, por ello es importante “dar ejemplo”. Los padres y madres se enfadarían con un hijo si pegara a su hermana pequeña “porque se ha portado mal” o porque “no le obedece”. Antes han de pensar si no es así como reaccionan como padres con él.

· Hacer constar la regla de una forma impersonal: “Son las ocho, hora de hacer la tarea”, así el conflicto no lo tendrá con nosotros, sino con el reloj.


Refuerzos, sanciones y consecuencias

“Los premios o los castigos no pueden ser una respuesta automática a todas las conductas buenas o malas”, remarca Del Castillo. Caer en esto provocaría que los niños se muevan sólo a cambio de premios y además dejen de valorarlos. No obstante, es muy positivo reforzar las conductas de los niños que los adultos quieren que se repitan. No se trata de comprarles regalos. El reconocimiento mejor puede mostrarse mediante el afecto y esto abarca un amplio abanico de posibilidades: darle un abrazo, hacerle una caricia, felicitarle con palabras (“¡Qué bien has hecho hoy tu tarea!”), colgar en casa un bonito dibujo que ha hecho en clase, hacer algo con él que le guste (jugar a algún juego, ver su programa de dibujos favorito en la televisión…), prepararle su comida favorita etc.
En cuanto a los castigos, éstos no deben utilizarse como primer recurso ante una conducta inadecuada. Para empezar, educadores, psicólogos, terapeutas y la sociedad en general están de acuerdo en que el castigo físico es inaceptable porque, según explica el profesor:

· No contribuye a solucionar los problemas y favorece que los niños piensen que con la violencia se arreglan las cosas.

· Hace que los chavales acaben apostando por la “ley del más fuerte”.

· Cuando ellos tengan un problema, tratarán de arreglarlo con una agresión.

El Código Civil establece en el artículo 154 que «los padres podrán (...) corregir razonable y moderadamente a los hijos». La ONU y el Consejo de Europa han instado recientemente a España y a otros países a prohibir el castigo físico a los niños. Diez países de la UE ya vetan el uso de la violencia en todos los ámbitos de la vida infantil.

Lejos de preconizar el castigo físico, la psicóloga Álava Reyes quiere ‘desculpabilizar’ a aquellos padres que alguna vez han dado un cachete a sus hijos, porque entiende que tampoco hay que dramatizar este asunto. En cualquier caso, recomienda siempre mucha calma a los adultos y que no actúen ni tomen decisiones a la ligera: “No hay nada peor que perder los nervios, darles un azote y después pedirles perdón”.

Inicialmente, se debe insistir en hablar con el niño sobre las consecuencias que pueden tener sus acciones y además explicarle que pueden implicar un castigo. Si aún así persiste en su actitud, entonces se puede aplicar un castigo consecuente con lo que se ha hablado, tal y como explica Héctor del Castillo.

Algunos padres se sienten impotentes a la hora de reprender a los niños o de penalizar sus acciones. También saben que no pueden dejar sin consecuencias, por ejemplo, que un adolescente llegue a casa de madrugada y habiendo consumido drogas, suspensos reiterados, malas contestaciones... Piensan que aunque castiguen a los chicos y chicas “todo les da igual”. Pero no es cierto. Álava Reyes está convencida de que siempre existe una forma efectiva de ‘reconvenirles’. Apunta que a los pequeños les da mucha rabia que los mayores no les hagan caso y que a los jóvenes les fastidia mucho quedarse sin salir con sus amigos. “Tampoco hay que levantarles un castigo, porque, para que sea eficaz y el niño entienda que no es admisible lo que ha hecho, el castigo debe ser inmediato y corto en el tiempo”.

Marta Bravo matiza que cada niño “es un mundo” y que las sanciones que funcionan con unos no sirven nada con otros. Para Héctor del Castillo, el mejor castigo es hacerles pensar sobre las consecuencias de su actitud.

En cualquier caso, se debe procurar que los castigos estén relacionados con la falta cometida, así, si el niño tira o rompe algo será él quien lo recoja. Respecto a su duración en el tiempo, es mejor no prohibirle ver la televisión durante todo el fin de semana, sino los primeros quince minutos de la serie que le gusta; de esta manera se le deja un margen para seguir portándose bien. Los castigos desproporcionados no ayudan al niño a reflexionar sobre lo que ha hecho ni le motivan para comportarse mejor.


El papel del diálogo

El diálogo es fundamental para que los niños comprendan por qué hay normas y que participen de su construcción y reconstrucción. Para Héctor del Castillo, “las normas no son algo innegociable”. Es importante que sean consensuadas con los niños aunque éstos sean “muy pequeños”. A su juicio, “tan malo es imponer las normas como que no existan”. Los niños han de entender que tienen un sentido, una razón, y que no son imposiciones por capricho de los adultos.

Así mismo, este sociólogo y psicólogo considera importante que los niños sepan la causa de por qué hay cosas que “se pueden hacer” y que “no se pueden hacer” y las consecuencias que puede tener su comportamiento. Es decir, no sólo cuál será el castigo por transgredir una norma, sino cuáles son las consecuencias de sus actos.

Diálogo no tiene por qué significar inseguridad, si bien Marta Bravo detecta a la vez que una cierta excesiva permisividad un miedo atroz a “hacerlo mal como padres”. Se refiere a padres que se cuestionan todo lo que hacen en su afán por ser casi perfectos. “Se quiere tanto a un hijo que en muchas familias se opta por una permisividad excesiva que no roce -siquiera- la posibilidad de hacer daño emocional al niño, aunque esa posibilidad sea muy remota”.

Pero no se trata de desaprobar al hijo sino a su conducta. Por ello, en lugar de criticarle por llegar a las tantas de la mañana es preferible decirle “no me gusta que llegues tarde porque me preocupo por ti”. Héctor del Castillo insiste en que hablar con los niños “es realmente importante para que desarrollen su sentido de la responsabilidad”.


Clara Fraile
REVISTA CONSUMER, noviembre 2005

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