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Bilbao acoge a turistas, no a peregrinos

Le restan 300 kilómetros para cumplir la promesa que le llevó a realizar el Camino de Santiago, desde Roma a Covadonga, la que realizó cuando este minero gijonés estuvo a punto de perder la vida bajo tierra. Murieron dos de sus compañeros. Luego perdió a toda su familia en un accidente. Juan Pablo II lo sabía todo.

Yo no soy de ellos, pero aquel hombre tenía algo cuando me tocó. Me dijo que había estado en Santiago y también en Asturias, en el lugar que es mi destino, Covadonga, y me dio una vela con el encargo de prenderla cuando llegue. También me regaló una biblia y una reliquia». José Manuel Jiménez fue recibido por el difunto Juan Pablo II en el Vaticano el pasado mes de marzo. Inicio inesperado, confiesa, para un camino que prometió recorrer cuando se encontraba enterrado a un kilómetro bajo tierra, en la cuenca minera.

Tardaron dos días en rescatarle ­se mantuvo con vida gracias a una pequeña cavidad por la que entraba aire y una débil gotera que le permitió beber agua­ junto a un compañero que él mismo salvó. Otros dos perdieron la vida en el mismo accidente. Pero el cruel destino de este minero gijonés le depararía posteriormente un golpe difícil de asumir y superar. Su esposa Begoña, vasca de origen, sus hijas y sus padres murieron arrollados por un camión en una maldita gasolinera en Villalba, Madrid, donde se desplazaron con motivo de la licenciatura de una de sus hijas.

Quizá a partir de entonces, a la promesa de recorrer el camino de Santiago se le unió la necesidad vital de caminar en soledad. Con su mochila de 35 kilogramos, sus botas y su bastón se desplazó hasta el Vaticano, punto de inicio de un itinerario de 4.300 kilómetros. Fue una sorpresa agradable el encuentro personal con el Papa «porque, aunque yo sigo sin tragarles, siempre he preferido irme al bar mientras los demás iban a misa, aquel hombre tenía algo y, además, me trataron muy bien». Cree que, quizá por alguna gestión del obispo de Oviedo, le esperaban y sabían las circunstancias de su vida y destaca también de aquel encuentro las extremas medidas de seguridad que él mismo comprobó en el Vaticano.

Por la Vía Apia, Pisa, San Francisco de Asís, Jiménez inició el Camino de Santiago a un ritmo demasiado elevado. «En las primeras etapas recorrí 35 y hasta 40 kilómetros diarios y eso lo pagué posteriormente. Perdí 11 kilogramos de masa muscular y tuve que recuperarme». La experiencia italiana del camino le llevó a pernoctar en monasterios ­no existen albergues­ de los que tiene un grato recuerdo, porque este gran aficionado a la lectura tuvo la posibilidad de contemplar y leer libros que nunca hubiera imaginado, toda vez que el trato por parte de los monjes siempre fue exquisito. «En Italia los peregrinos son sagrados» apostilla Jiménez.

En Giorgina y en San Genaro vivió una de las experiencias que resalta en su relato. «Son pueblos que tienen muy mala relación, debido al origen marsellés y siciliano de sus habitantes. Son diferencias históricas que se mantienen en la actualidad. Cuando llegué había en la calle bolsas enormes con comida, embutido excelente, bebida y también contenían sumas de dinero. Me explicaron que las dejaban para los peregrinos y me recomendaron que aunque no quisiera aceptar la comida, cogiera el dinero porque, de lo contrario, los vecinos se lo iban a tomar mal», recuerda.

Fue también este el entorno del camino en el que le preguntaron si iba preparado para defenderse, a lo que contestó que llevaba una navaja multiusos y el bastón. No lograban entender quienes le acogieron que el minero rechazara alguno de los revólveres y pistolas, así como la munición que le ofrecieron para tener con qué hacer frente a los inconvenientes que pudieran surgir por el camino.

No tiene, sin embargo, muy grato recuerdo Jiménez del camino francés. «Antes no tragaba a los gabachos, ahora es peor. Lo único bueno es que aquí las etapas son de alrededor de 20 kilómetros, pero de los franceses no esperes ni agua.


Primero, los franceses

Antes de adentrarse en Pirineos, comprobó en Donibane Garazi algo que ya había oído antes. «Ese día llovía con ganas y me encontré con una segoviana en la entrada, mojándose y es que, en territorio francés, hasta las 20.00, tienen preferencia de entrada en los albergues los peregrinos franceses. Estuvimos tres horas esperando en la puerta y a las 20.30, cuando nos dejaron entrar, había 40 camas vacías». Sin comentarios.

Los problemas más serios en el caminar de José Manuel llegaron en Pirineos. Se extravió, anduvo 18 días perdido, le cogió hasta la nieve y fue finalmente rescatado y trasladado a Jaca, donde le detectaron principio de congelación en su pie derecho. «Cuando me desperté en el hospital me acompañaba un coronel, que luego me regaló un GPS. Yo soy de los que he corrido delante de ellos, pero tengo que agradecer a la Guardia Civil lo que hicieron por mí».

Por Nafarroa y Gipuzkoa, hasta Ziortza y, de allí, por las comarcas del interior de Bizkaia, al Hospital de Cruces, donde le hicieron una cura. Lo ocurrido en Pirineos le pasó factura, pero pese a todo, llegó a Bilbo, con intención de alojarse en el albergue municipal de Basurto. «Completo» le dijeron y, por más que se empeñó en preguntar si no había sitio reservado para peregrinos y pedir que, al menos, le dejaran ducharse y dormir sobre una esterilla, en cualquier rincón, el eslabón de la cadena burocrática que tenía enfrente sólo acertó a decirle que eso «estaba prohibido».

Esto ocurrió hace tres días. Jiménez se dirigió, entonces, hacia el frontón del barrio de Kobetas para pernoctar, pero acertó a entrar en un bar. Vecinos del barrio le han acogido y dado cobijo en un txoko. «Un lujo, tiene baño, cama y hasta televisión. Agradezco la ayuda, la soledad es jodida». Ahora está ingresado en Basurto y le recomiendan no seguir, pero sólo le faltan 300 para cumplir la promesa.


GARA, 24 de septiembre de 2005

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