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El IRA nos ha retado

El comunicado del Ejército Republicano Irlandés (IRA) anunciando «que se han dado instrucciones a todos los voluntarios (miembros) para que presten su ayuda en el desarrollo de programas puramente políticos y democráticos con medidas exclusivamente pacíficas», no por muy deseado ha dejado de impresionarnos.


Mirado con mayor o menor atención y cautela desde el País Vasco, el proceso de paz irlandés, que tanto nos ilusionó aquel Viernes Santo de 1998, parecía haber encallado en un punto insuperable de desencuentro entre republicanos y unionistas. Todas las noticias nos hacían temer lo peor a quienes no estamos en el secreto de estos procesos ni conocemos su vaivén peculiar.

Pero la política tiene sus artes y sus ritmos. La política tiene, como se suele decir, la cocina y la recocina, y poco a poco se ha ido gestando un paso de significado extraordinario en la superación de la violencia ante un conflicto político.

No es el caso en estas palabras de urgencia que vayamos punto por punto advirtiendo de los requiebros que todavía presenta el camino. El comunicado del IRA es a todas luces, y en sus líneas generales, sorprendente en claridad y concreción. Toda una apuesta por las vías exclusivamente políticas y democráticas y, por ende, pacíficas.

Es verdad que el comunicado se reitera en la opinión de que la lucha armada ha sido totalmente legítima y que las víctimas propias son reconocidas con una claridad que no tiene la impersonal fórmula dedicada a los otros: «muchos sufrieron por culpa del conflicto». Es evidente que estamos al principio. El tiempo y el diálogo irán poniendo a cada uno en su lugar y se verá qué recuerdo es memoria justa para el pueblo. También es cierto que la organización no se disuelve, sino que se transforma. Qué sea esto, siempre causa inquietud, pero el día a día de los «medios políticos y democráticos» lo terminará puliendo todo. Ésta es la gran virtualidad de la democracia.

Todo esto está muy bien, pero ¿qué puede significar en cuanto al final de ETA? Vayamos por partes. Reconozcamos que el simple comunicado es ya toda una novedad política de primera magnitud, porque escenifica varias cosas: Que en una democracia no hay ningún conflicto político que legitime la lucha armada; que la democracia siempre tiene recursos políticos y morales para abordar diferencias irreconciliables; que la democracia requiere de grupos políticos que presenten proyectos de país, a concretar y pactar, y no ideas de país, a jalear e imponer; que los grupos políticos democráticos necesitan líderes capaces de arriesgar y ganar la voluntad de sus asociados, líderes capaces de ir un paso por delante de los ciudadanos en visión histórica, en responsabilidad moral y en generosidad con los distintos; que en la Europa de 2005, tras los atentados de Madrid y Londres, ya no hay lugar para terrorismos locales de baja y calculada intensidad: ningún pueblo los entiende; que el uso político de la violencia terrorista, sea con la forma de complicidad, sea con la forma de simpatía, sea con la de silencio, y hasta con la de rechazo indiscriminado de todo, vicia sin remedio la vida democrática y la inutiliza como procedimiento compartido. Por tanto, es la hora, otra vez y las que haga falta, de dar una oportunidad democrática a la paz, de exigirnos esta responsabilidad histórica. Pensemos esto, una oportunidad política democrática. Ningún adjetivo está de sobra, o es redundante, aunque parezca mentira.


José Ignacio Calleja, Profesor de Moral Social Cristiana
EL CORREO, 30 de julio de 2005

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