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«Carta al amigo que se va» (EL MUNDO)

SUS COMPAÑEROS. «Creímos que estaba por acabar tu bautismo de fuego, esa guerra que odiabas y de cuyos horrores terminaste dando un testimonio extraordinario desde la primera línea de frente» Querido Julio, cuando recibas este mensaje por favor llámanos.¡Es urgente! Nos llegan informes terribles de la zona donde estás, de la unidad norteamericana a la que acompañas desde Kuwait.No queremos dar crédito a las informaciones que nos llegan de que ha habido dos periodistas muertos en un ataque iraquí con misiles contra el mando táctico de la Segunda Brigada a la que estás asignado, y que uno de ellos es español. Julio, por favor, repórtate, tus compañeros, tus amigos, los muchos amigos que has hecho en este periódico, no podríamos soportar tu muerte, 15 meses después de la muerte de otro querido compañero y amigo, Julio Fuentes. Todavía resuenan en nuestros oídos las últimas conversaciones telefónicas que tuvimos desde la sección Internacional el domingo y las que tuviste en la madrugada del lunes con los compañeros de elmundo.es. Nos llamaste todos los días desde que llegaste a Kuwait, acompañando a la Segunda Brigada de la Tercera División de Infantería de EEUU, el contacto era fluido, sentíamos que estábamos junto a ti con el impresionante testimonio que nos transmitías de tus vivencias y que trasladabas a cientos de miles de lectores. Pero esta vez tu llamada era distinta. «Tengo una duda existencial», nos dijiste. «Tengo posibilidad de intervenir en una operación increíble en el interior de Bagdad, pero ya me han advertido de que esta vez no será una incursión para volver a salir rápidamente.Esta vez es para quedarse y soportar durante horas o días el fuego de la defensa iraquí en pleno centro de Bagdad». Tu duda no era sólo por el alto riesgo que tal operación implicaba. Tú estabas preocupado de no poder comunicarte con nosotros durante el tiempo que durara esa acción, de estar ausente durante varios días y de que dar el paso adelante sólo sirviera para aumentar los ya de por sí grandes riesgos que corrías desde que iniciaste el camino desde Kuwait con la Segunda Brigada, sin garantías de poder transmitir tu testimonio. ¿Recuerdas cuál fue nuestra recomendación? Que no fueras, que el riesgo era demasiado alto para conseguir, en el mejor de los casos, una gran exclusiva y que, en el peor, suponía perderte, perder a un brillante periodista, pero, sobre todas las cosas, perder a una bellísima persona, a un entrañable y querido amigo.Te dejamos claro que, pese a nuestra clara recomendación, la decisión última de participar en esa acción era exclusivamente tuya. Media hora después nos volviste a llamar. «Creo que me quedo», dijiste, para alivio nuestro, aunque notamos que no estabas realmente convencido. Los propios mandos militares bajo cuya responsabilidad estabas te lo desaconsejaron al comprobar que realmente los chalecos que llevaban los soldados eran mucho más seguros que el tuyo, ante la posibilidad de recibir fragmentos de granadas, u obuses de mortero, o de tanque. Ya te creíamos a salvo, estabas a 15 kilómetros de distancia, siguiendo paso a paso desde el mando táctico los partes de las unidades que intervenían en la operación. Pensábamos que en pocos días caería Bagdad y que podrías acudir a la cita que tenías con Mónica para encontraros después de haber vivido cada uno durante semanas y semanas los horrores de esta maldita guerra desde las dos líneas enfrentadas. Parecía así que acabaría tu terrible bautismo de fuego, que acabaría esa guerra que odiabas, pero en la que quisiste participar desde la primera línea de frente. Tú, que rechazaste en todo momento los argumentos esgrimidos por Bush, Blair y Aznar para justificar esta guerra, querías sin embargo estar ahí. No te podías contentar con reproducir las periódicas ruedas de prensa del Pentágono, donde se describen fríamente día a día el número de bajas, los daños colaterales (léase matanzas de civiles indefensos) o los muertos por fuego amigo. Tú quisiste, y lo lograste con creces, poner nombre y apellido a los protagonistas, describir que lo que nos muestran las películas belicistas y heroicas de Hollywood poco tienen que ver con los horrores de la guerra.Te alarmabas cuando veías cómo jovencísimos soldados estadounidenses, aterrorizados ante la posibilidad de ser víctimas de ataques con gases químicos o de ataques suicidas, decían abiertamente que dispararían contra cualquier persona que se acercara a sus posiciones aunque fueran civiles, aunque fueran ancianos, mujeres o niños. Todos eran sospechosos, potenciales enemigos. ¿Que podía extrañar un comportamiento preventivo así dentro de una guerra preventiva? Viste al primer soldado norteamericano muerto muy de cerca, dormiste una noche cerca de su cadáver. La escena comenzó a ser cada vez más habitual, veías a soldados gravemente heridos, pero también a milicianos desangrados, a mujeres iraquíes destrozadas por los proyectiles disparados desde la unidad en la que estabas. Días atrás nos describiste excitado cómo la unidad en la que estabas fue víctima de una emboscada y los proyectiles iraquíes caían a sólo metros de ti. Para los que te conocimos al llegar en el verano de 1993 a la sección Internacional como becario para los tres meses de prácticas de verano, no nos extrañaba en realidad nada que hubieras llegado hasta donde llegaste. No hizo falta más que verte trabajar unas semanas para saber que ibas a ser un excelente periodista, que morirías siendo periodista. A tus 22 años demostrabas una formación cultural y una facilidad para escribir realmente inusual. Con los años que trabajaste en la sección, y después como corresponsal en Nueva York, consolidaste tu carrera profesional y tu capacidad para escribir tanto complejos temas políticos o económicos, como culturales y sociales. En las últimas semanas demostraste también que podías ser un gran corresponsal de guerra. Odiabas a los/las divas tan abundantes en esta profesión. No te interesaba la fama, seguiste siendo un joven sencillo, apasionado con lo que hacías, riguroso profesionalmente, y, al mismo tiempo, divertido como el que más a la hora de ir a un concierto o a tomar copas con los amigos. Julio, responde, por favor. No puedes irte aún, estás en la plenitud de tu vida. Te queremos, te necesitamos. Contigo, como con Julio Fuentes, se nos va una parte muy importante de nosotros mismos.Julio, responde... (*) En la elaboración de este artículo han participado Pilar Ortega, Silvia Román, Rosa Meneses, Marisa Cruz y Francisco Herranz. Roberto Montoya EL MUNDO, 9 de abril de 2003
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