Sweeney Todd, El barbero diabólico de la calle Fleet.
El escenario cubierto de una densa niebla, dejaba ver, a través de una pequeña puerta entreabierta, una oscuridad azulada que anticipaba la maravilla, el espectáculo mayúsculo que mis pobres ojos (más acostumbrados al genérico y, en ocasiones, esperpéntico, resultado de los últimos estrenos musicales) iban a disfrutar durante, casi, tres horas de auténtico lujo musical.
Sweeny Todd es un pedazo de cielo que nadie debería dejar de contemplar, un cúmulo de aciertos tan perfectamente hilvanados, que cuesta establecer, siquiera, una justa comparación con otros montajes actuales. Es un puerto especial, fuera de categoría, entre tanta etapa llana, en nuestra particular carrera hacia el cielo del escenario. No puedo sino quitarme el sombrero ante el resultado final orquestado por la mente superior de un Mario Gas en permanente estado de gracia; ni siquiera el haber sido partícipe del espectáculo visto, hace ya años, en el Albéniz madrileño, ha podido contener mi emoción y sorpresa.
Un bravo por la pareja protagonista, que repite en los roles de Sweeny y Mrs. Lovett: Joan Crosas, maestro del escenario, titán indiscutible del mundo musical español, y Vicky Peña, soberana y princesa lúgubre del papel más complaciente del montaje. Ambos logran, por sí solos, desviar cualquier atención hacia el epicentro del drama-thriller-comedia negra-opereta que representan con garantía, profesionalidad y derroche de imaginación y saber estar. Ambos son la llave que abre la puerta de esa magia que tiene el teatro y que, visto lo visto, ha optado por quedarse en el Español durante una temporada.
Pero dos gigantes no hacen sombra en esta fábula siniestra a ninguno de sus compañeros. El escenario del teatro Español parece haberse convertido en pasarela viviente de grandes profesionales que encumbran, a la categoría de mítica, la partitura de un Sondheim refinado, melodioso y milimétricamente exacto en su devenir armonioso. Destacan, entre ese crisol de talento y emoción, a punto de reventar el vidrio que separa lo real de lo soñado, Teresa Vallicrosa, Ruth González, María del Mar Maestu, Pedro Pomares y Pedro de los Ríos, con unas voces decididamente inhumanas, por acercarse más a la perfección que, probablemente, escuchara Platón, allá en su caverna. Por su parte, Xavier Ribera-Vall y Esteve Ferrer demuestran lo que es dar vida a unos personajes inolvidables, a través de una correctísima interpretación que ayuda, aún más, a asistir al desarrollo de la representación como el niño que ve, por primera vez, su primera película de dibujos animados. Incapaz de atender a otra cosa que no sea el puro teatro, uno se da cuenta de que este genial elenco se mantiene rozando la matrícula de honor, de principio a fin, sin bajar ni un momento el nivel. Un diez para todos.
La escenografía, por su parte, junto con la iluminación del montaje, resultan sorprendentes por su minimalismo y, a la vez, por el grandísimo resultado que obtienen, perfectamente ensambladas, ambas, resultando, a la vista, algo espectacular, necesario y, sobretodo, incapaz de ser concebido de un modo mejor. Un diez, también, para Jon Berrondo (escenografía) y Kiko Planas (iluminación).
La orquesta ralla el delirio, sabiamente dirigidos por Manuel Gas, sonando, en todo momento, convencida y convincente, acompañando no sólo las voces, sino los simples diálogos o los ademanes de los protagonistas, logrando, de este modo, una ambientación total que hace que, desde el primer segundo, el espectador se vea sumergido en la atmósfera del Londres terrible y sangriento, mísero y cruel pero, a la vez, divertido y enigmático, que pueblan los personajes.
Sweeny Todd es una lección magistral de buen teatro, de teatro en mayúsculas, una conjunción perfecta entre texto y partitura, entre interpretación y medios técnicos, entre dirección y público. Una de esas exquisiteces que sólo se disfrutan en rarísimas ocasiones, un regalo para la cultura que no hay que perderse, máxime cuando se comparan los precios con otros montajes musicales, casi el triple de caros y, sin duda, diez veces más mediocres... La reflexión es que no siempre, lo mejor, se ha de pagar más caro, a la par que, no siempre lo más desconocido, ha de ser peor que todos esos montajes cuyos nombres nos recuerdan a películas de juventud, o, incluso, a telefilms baratos que atontan a los últimos adolescentes... El buen teatro se hace con el corazón, con la profesión sentida del actor que se entrega a un texto concebido para ser representado, con la fe ciega en una partitura que poco ha de envidiar a las de cualquier clásico, y con la esperanza de que el resultado final mueva, al menos, los corazones de un público que empiece a despertar al arte en mayúsculas.
Dicen que Sweeny Todd es un musical de culto. Desde que tuve el gusto de disfrutarlo, yo he decidido colgar el hábito de lo mediocre, y entregarme a su religión única y verdadera.
LO MEJOR: -La ambientación -Todo el elenco -La historia -La escenografía e iluminación -La dirección -La orquesta -El precio
LO PEOR: -Puede resultar “hiriente” para los más sensibles -En Madrid sólo hasta principio de enero de 2009 (En Bilbao, del 14 al 17 de enero de 2009)
CALIFICACIÓN FINAL: 5/5 OBRA MAESTRA
Esteban García Valdivia RED TEATRAL, 2 de noviembre de 2008
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